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El otro no existe

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El otro no existe Editar

Por Federico Mana

Que el otro sirve para que yo mismo me de cuenta de quién soy y así poder crecer parece ser una pelotudez tremenda para los gestores del fútbol que una vez más ven en la prohibición de la visita la cura de todos los males.


bombonera vacía


El 12 de junio de 2012, en plena platea baja Sívori, en el Monumental, Gonzalo Saucedo recibió un puntazo proveniente de algún otro “simpatizante” de River lo que le ocasionó la muerte. El 27 de febrero de 2013, dos facciones de la barrabrava de Tigre se enfrentaron en San Fernando, ante la complicidad de las cámaras de seguridad desactivadas, en la previa del partido frente a River lo que ocasionó la muerte de Adrián Velázquez. El 10 de junio de 2013 durante el partido de Estudiantes – Lanús un policía bonaerense le disparó a Pablo Gerez causando su deceso. Podemos agregar a este racconto macabro los nombres de Nicolás Pacheco y Diego Bocafo quienes aparecieron sin vida en Racing y Vélez respectivamente. Los últimos en agregarse a la nómina fueron Marcelo Carnivale y Ángel Díaz luego del enfrentamiento entre la barra de Boca hace pocos días, choque que se vio motivado, como la gran mayoría, por cuestiones de poder y negociados. Pero claro, estos son sólo quienes han cobrado notoriedad mediática, ya que los actos de violencia relacionada al fútbol no se reducen a un puñado por año, si no que se repiten sistemáticamente semana tras semana aunque los medios hegemónicos no los transmitan las 24 horas. Todos conocen las andanzas de las barras de su club y saben que no son esporádicas y que suelen incluir unos dos o tres fiambres por año… son las reglas del juego.


De todas formas, ante esta creciente situación en la que los enemigos ya no son casi los que visten diferentes colores (sí, cada tanto se sigue apretando algún pibito con la casaca del rival) si no los que se empilchan igual que uno y que quiere sacar la misma tajada por la cual habrá que pelearse. Desde la mítica voladura del puesto Chisap hasta el último enfrentamiento xeneize, la violencia siempre vino del mismo lado, de los propios más que de los ajenos. Peleas por guita y por mando fueron, son y seguirán siendo el origen de los conflictos.


Sin embargo la solución estratégica para frenar tanta barbarie termina siendo sacar a los visitantes de las canchas. Aún cuando los datos dan cuenta de que los conflictos en su mayoría son internos, se sigue con soluciones para la gilada. Lo más paradójico es que desde el discurso de “la patria es el otro”, se sindica al Otro como causante de todo problema y se tiende a erradicarlo. Lo que es peor, se subestima la problemática y se la reduce a un choque de pasiones entre dos grupos arraigados a su identidad que no son capaces de comulgar el uno con el otro. De esta manera se sigue legitimando la existencia de estos grupos delincuentes que ya exceden por mucho el mote “barra brava” como si se tratase de un conjunto de muchachotes que son afectos a fajarse de vez en cuando.


Como el derecho positivo transformó la evidencia en una categoría cuasi metafísica, todos conocen los vínculos políticos de las barras pero nadie es capaz de culminar con ellos porque, jurídicamente, no existen. Hinchadas Unidas Argentinas, esa ONG que se le cagó de risa en la cara a lucha por erradicar la violencia, fue creada por dirigentes kirchneristas, pero cuando bardearon en el viaje a Sudáfrica tuvieron que agarrarse de la mano del denarvaísmo por un breve lapso. Ya no existen actos políticos sin presencia de estos sujetos que aparecen como guardaespaldas, controladores sociales, directores de marchas o simples números para incrementar la masa. Ni el SABED ni la AFA Plus ni la concha de su hermana van a servir para algo mientras no se rompa ese nexo entre políticos-dirigentes-barras. El dirigente dirá que tiene las manos atadas, el político que no tiene nada que ver y el barra que es un simple hincha de fútbol. Mentiras que, oh casualidad, sólo creen quienes deberían juzgarlos.


de narvaez barras


Cada prenda oficial de los clubes de primera ronda aproximadamente en 600 pesos. Vestirse completamente de un club puede llegar a exceder los 1500 pesos. En todas las canchas se ven sujetos vestidos con el último lanzamiento, con casaca titular o visitante según la fecha, con campera y pantalón siempre de la marca presente que se renueva año tras año… Por más insignificante que sea desde este primer punto para arriba se ve la connivencia entre quienes dirigen el club y muchos de estos delincuentes que lucran gracias a la mafia del fútbol. Sin embargo, es más fácil tomar medidas rápidas y que a primera vista den sensación de cambio; ahora con sólo evitar que los medios sigan difundiendo los actos de violencia bastará para decir que la culpa es y siempre ha sido de los que vienen de afuera a nuestra cancha. Claro que, seguramente, esta prohibición culmine cuando algunos sectores de la parcialidad de Boca o River lo decidan y tengan ganas de pegar algún viajecito para meterse impunemente donde se supone no les corresponde, motivando que vuelvan a salir los funcionarios de siempre diciendo que en realidad ya estaban pensando levantar la medida y que esa era una prueba piloto, defendiendo una vez más a sus aliados que le aseguran tener cortitos a los enemigos.


¿Hay algo más por hacer que la queja interminable? Esto se ha vuelto un ciclo repetitivo que no pareciera culminar a la brevedad: hecho de violencia, hectolitros de tinta analizando, reflexionando y juzgando lo acontecido, medidas que tienden a solucionar el problema… nuevo hecho de violencia y a comenzar el círculo. Hay dos cuestiones que impiden terminar con tanta desidia: la primera es que nunca se ataca la raíz del problema, se anda con rodeos pero se legitima su subsistencia; la segunda, siempre se buscan soluciones de arriba hacia abajo pero jamás se atacan las bases, los nexos más finos, siempre hay entradas regaladas, policías que corren la mirada, camisetas como ofrendas, en fin, pequeños actos que hacen a la fosilización de estos sectores. Se repiten a diario las frases del tipo “tengo un amigo en la barra que me hace entrar”, enunciado que casi otorga prestigio en un grupo de consumados plateístas o televidentes, elevando discursivamente al “barra” a la categoría de destacado de la sociedad quien ha de cumplir una función necesaria y a quien no deberíamos erradicar si no más bien controlar.


Es cierto que la verdadera solución esté en las manos de quienes tienen el poder político pero eso no significa que desde pequeñas actitudes propias como la revisión mínima de nuestras proclamaciones no podamos tender a la deslegitimación y al derribamiento de su trono a estos verdaderos delincuentes que están en la cancha, colgados de la paraavalanchas y con la bandera, nunca mirando el partido, porque no miran el partido, arengan, arengan y arengan…

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