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LA-BU-RO

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LA-BU-RO
El reciente papelón del Sub-20 invita a la reflexión que no llega a ningún lado. Como acá no queríamos ser menos, la cuestión pasa por tratar de partir de una hipótesis un tanto trillada: se le está apuntando al cura, pero se le pega al campanario.

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Carlos Bilardo ocupa el cargo de director de Selecciones Nacionales desde hace cuatro años y monedas. Su acercamiento a la AFA fue opacado por la noticia de un Maradona DT, con toda la pompa que implica su nombre. El propio Bilardo se encargó de jurar y perjurar que él moriría con Diego. Así las cosas, ya van para casi 3 años que Diego no está y, sin embargo, el hombre sigue apuntándose en la nómina de empleados de AFA.

Todo parte de un ardid publicitario, un clamor popular que retumbó después de la eliminación con Alemania del Mundial 2006. Ya había pasado Bielsa y también Pekerman, dos outsiders con respecto a la antinomia que atraviesa transversalmente al fútbol de este país. Ni el Loco ni José gozaron jamás de un perfil carismático en tanto y en cuanto a la identificación con un pasado con la blanquiceleste en la piel. Ambos eran, sin embargo, el perfil de entrenador, más allá del Seleccionador: de carácter formativo, de trabajar como se haría en un equipo. Cuando se fue a buscar a Basile, exitoso en Boca, la premisa fue la de retornar a los viejos buenos tiempos, por decirlo de alguna forma. En el proceso del Coco, quizá, se forjó una metodología que estuvo adelantada a su tiempo en tanto y en cuanto a la tiranía del tiempo se refiere: los once de memoria para que los jugadores se conozcan sin tener mucho tiempo de trabajo. El tema es que, claro, en el lapso del 90 al 94 el tiempo estaba (?). Se lograron dos Copas América: una con una diferencia abrumadora sobre la gran mayoría de las Selecciones a las que enfrentó (con la salvedad de Brasil, siempre difícil, y Colombia, con su mejor generación en años) y otra apenas con los jirones de un pasado un tanto glorioso: la de los penales del ’90. En toda esa Copa América, Argentina no alcanzó nunca un nivel de juego sostenidamente atractivo: apenas Redondo y Goycochea aparecieron en el once ideal del torneo. En el ’91 habían sido 6 sobre 11 titulares ( Batistuta, Caniggia, Franco, Ruggeri, Redondo y Leo Rodríguez). El problema con el Coco, más tarde, fue que él seguía siendo el mismo, pero no el fútbol. Y las fotos en la pileta del hotel en Caracas, previas a la final del 2007 fueron el desencadenante del título de éste post: la necesidad de conseguir un trabajador. Acá hace falta LA-BU-RO viejo. Alemania gana porque LA-BU-RAN. Brasil gana porque LA-BU-RAN. Todos LA-BU-RAN.

También gracias a los lauros conseguidos, la figura de Bilardo siempre fue asociada al concepto nefasto del LA-BU-RO. Poco importaba que su antecedente más cercano relacionado al fútbol fuera transmitir en vivo desde Alemania, totalmente trasnochado y en pedo, pegándole a un león de plástico. Poco importaba que por aquel entonces ostentara el cargo de Secretario de Deportes de la Provincia de Buenos Aires y mucho menos importó que dos años antes haya querido voltear al propio Grondona con el aval de Vila. A Bilardo lo seduce el poder, lo ama. Lo erotiza. Sea cual sea el lugar de poder que ostente: candidatearse a presidente, dirigir un equipo, regir los destinos de un seleccionado o ser la estrella del prime-time dominical con una comedia que elevaba a Los Benvenuto a la categoría de Seinfeld. Lo cierto es que Bilardo también ama la construcción patriarcal de Grondona: la admiración por Don Julio no pasa por ninguna de las decisiones que toma el Jefe, admira simplemente que haya podido mantenerse durante tanto tiempo al frente de la AFA. Admira su gambeta en la derrota y su verba para colgarse las mismas medallas que él arranca de la pared. No al pedo se le dice “El Padrino” a Grondona, al que además ese apodo le causa gracia. Inclusive, preparó el terreno como Don Corleone: dejó al frente, casi por orden de mérito, a Humbertito, que vendría a ser el Santino. Visceral, poco preparado, un bruto querible. Su Michael, Julito, es el mandamás de Arsenal de Sarandí y uno de los presidentes más lúcidos del fútbol vernáculo. Claro que el tema es que le pegó por el lado de la maldad a Julito. Si le pegaba por el bien, a lo mejor descubría la vacuna del SIDA.

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Volvamos a Bilardo, entonces. Su perfil de LA-BU-RO seducía al grueso de la masa. Sus incomprensibles balbuceos en proto castellano divertían a todo el mundo. Desde los medios, hace mínimo 10 años que se destacan sus “locuras” y no se habla de, justamente, LA-BU-RO. Bilardo es amigo de Humbertito, desde siempre. Y el propio Humbertito sugirió ante papá el retorno del hombre fuerte, algo que había convenido con el Doctor allá por 2006, cuando Pekerman puso el “no” gentil ante el advenimiento del contrato leonino con Renova. La vaselina que enquistó a Bilardo en la AFA fue, justamente, Maradona. ¿Fue caprichosa la elección del Dié!, siendo que tenía los conceptos tácticos que podía llegar a manejar, por decir algún nombre, Jean Francois Casanova? Nuevamente, no. El Dié! era la piedra basal de esa construcción de poder: mandaba Bilardo, pero el mensaje era el de “La Mística de los Muchachos del ’86″, donde su espalda ancha de éxitos aguantaba las incomprensibles contrataciones del propio Maradona, , Sergio Batista, José Luis Brown y siguen las firmas. Consciente de que la personalidad del Dié! era algo que le iba a explotar en las manos en cualquier momento, el Doctor tuvo tiempo para meter a su Patiño histórico, Miguel Angel Lemme, bajo el cargo de buchón rentado, más allá de que en la nómina de pago figurara como ayudante de campo. Lemme no resistió mucho tiempo ahí y luego de agredir a un periodista en Uruguay pasó al ostracismo. El elegido fue otro de Los ex combatientes del ’86: el Negro Enrique, de quien sólo se puede rescatar un decoroso pasado como mediocampista y la chanza sobre el pase que le dio al Diego antes del gol frente a Inglaterra. Lemme fue algo así como el Santino de Bilardo: cada palabra del jefe espiritual era un mandamiento para el cabezón. Si alguno cree que la agresión a un periodista fue casual, basta con repasar el discurso de asunción del Manager de la Selección, “El periodismo está muy flu”.

Es que Bilardo también demuestra habilidad a la hora de construir su poder. Instalado en la vereda kármica de la simpatía, cualquier burrada que diga o haga pasa como anécdota. Desde el bidón de Branco hasta el pisar al rival. Todo, bajo el halo protector del LA-BU-RO. Laburo es que los jugadores del ’86 comieran carne de vaca (que les daba ácido úrico) porque la de pollo les daba mala suerte, que el micro hiciera siempre el mismo camino para llegar al estadio. Pocas veces se disertó sobre el desastre que hizo John Barnes en la defensa argentina, sobre el debut con Camerún en el ’90 sin patear al arco y jugando con 5 defensores, dos volantes centrales, Maradona y Balbo, sobre cómo Brasil lo abrumó ofensivamente tan sólo con Valdo, Careca y Müller (Lazzaroni también tenía el fetiche de 5 defensores y dos volantes, cabe aclarar), sobre la suerte de los penales o de cómo en una final Argentina jamás llevó peligro al arco alemán. El laburo estaba presente en el casamiento de Maradona, mandándolo a Ruggeri a ver la altura de Aldo Serena, pero nunca en ver cómo parar a Makanaky, Omam Biyik y M’Fede, quienes le manejaron el primer tiempo. En contrapartida también. Es curioso ver cómo el concepto de trabajo está presente en despertar a los jugadores a las 3 de la mañana para ver si recordaban a quién tenían que marcar y no reconocerle a Menotti el nacimiento de los procesos de 4 años estableciendo a la Selección Nacional como la prioridad número 1. El poder, además,lo enceguece en la victoria. O acaso cómo olvidar también la pantomima de Bilardo “pasándole” los cambios a Maradona en el Centenario, a 30 metros del banco de suplentes, aparentando camuflarse y llamando a los jugadores que calentaban para luego decirles “Andá, volvé a correr”. Con el resultado puesto, se instaló durante un tiempo el interrogante sobre si el Manager debía tener mayor injerencia futbolística. Llamativo cuando las lágrimas pour la galerie eran acompañados de un “Te querían voltear, Diego. Te querían voltear”


El LA-BU-RO es el mismo que otorgó puestos en base a amiguismos o haber pertenecido en determinado momento a algún proceso de Bilardo (como Perazzo, colombiano de nacimiento y delantero en los Juegos Olímpicos de Seúl); la única figura incuestionable es la del Doctor. Pasarán todos: la cabeza de Grondona se seguirá pidiendo, la de Trobbiani también. La ausencia de proyecto siempre fue la norma en la que el común denominador de la AFA. Basta repasar cómo se pasaba de la noche a la mañana en cuanto a nombres sin línea de estilo correlativa. El estigma de los Muchachos del ’86 mixturado con la bandera de Estudiantes es el común denominador y el único que se sostiene con el futuro inmediato, porque los resultados son los que mandan según esa lógica. No tardará mucho en aparecer Juan Sebastián Verón ocupando algún cargo en AFA y más tarde quizá la silla de Viamonte, todo gracias a las declaraciones que lo erigieron en la reserva moral el día en el que Maradona le recomendaba la fellatio como la solución final al cumpleaños que era su equipo. Resulta llamativo también que el Muchacho del ’86 que tuvo una muy buena experiencia como técnico y una aceptable como Manager o Director Deportivo no haya sido otro que Jorge Valdano, en las antípodas futbolísticas del Narigón, aunque siempre respetuoso del mismo, considerando que lo que para el Doctor era una solución, para él era un problema. Un escalón atrás se ubica Pumpido, que ganó una Copa Libertadores hace 10 años pero ostenta el dudoso mérito de haber ganando un partido de los últimos 40 que dirigió en el país. Yendo a la generación del ’90, el único que se ubica en los términos “ganadores” sería el Patón Bauza, que no jugó un sólo minuto en ese Mundial o el de Sensini, que se posicionó en el sector más bielsista, o el de Burruchaga, manchado con sus loas a Menotti, quien fue su último entrenador.

De todas formas, el resultadismo que tanto dicen que impera es el que no encuentra asidero en la realidad del día a día. ¿O acaso Falcioni se fue de Boca porque cosechó malos resultados? Lo que se objeta es que la gente que está a cargo de las divisiones menores del fútbol nacional ni siquiera tenga el aval de haber formado a tres juveniles, de hecho muchos están teniendo su primera experiencia como entrenadores de fuerzas básicas en el estrato más alto al que se pueda apuntar como un técnico de ese estilo. Lo preocupante es que ni siquiera en la Selección se preocupen por los pibes que la urgencia vomita a Primera División sin tener los conceptos más básicos del juego. Lo preocupante es que el trabajo de Trobbiani antes de Bolivia haya sido el de cambiar a 6 jugadores con un día de trabajo y también el de cambiar los bancos de suplentes. El silencio de Bilardo en la derrota no es casualidad, porque dejaría huérfano al movimiento resultadista. ¿Si el resultadismo no da resultados, se puede seguir llamando así? El postulado patriarcal de que la cosa se emparejó para abajo queda sin efecto cuando hay jugadores argentinos en el máximo nivel. Sin contar que Messi es el primer tipo en 30 años que pudo acceder al club de Maradona, Cruyff, Di Stéfano y Pelé. Material hay, y cuando es puesto en un contexto estilístico y con una idea aprendida de pé a pá, funciona.

Bilardo seguirá siendo el inspector de abeja de Grondona, no claudicará en encanar a cuanto compañero se le cruce con tal de seguir ostentando la ropa oficial de AFA. Las declaraciones de la caterva de lacayos son la prueba cabal de ello: se cuestionan nombres, más no el método. La marca Bilardo/Grondona no cesa de renovar credenciales en los últimos 5 años: Argentina sin clasificar a los JJJOO para retener su doble medalla dorada, la primera vez en 30 años que la Selección Mayor pierde un partido en Mundiales por más de 2 goles de diferencia, la primera vez en la historia en quedar afuera en los cuartos de final de una Copa América jugando de local y la primera vez de una Selección Sub -20 eliminada en primera ronda (o casi) y, de yapa, de local. LA-BU-RO, mi viejo, el resto son todos vagos, o todos tibios, o todos divos (dulce ironía). Para destruir la hipótesis del LA-BU-RO habría que arrancar, como mínimo, explicando cuáles son las tareas que lleva Bilardo en la AFA. El resto son todos argumentos vetustos de un tiempo que queda cada vez más atrás.

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