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Lunes 3 AM Editar

Por Alesi

Durante el día de ayer se dio a conocer en diferentes páginas partidarias que Juan Pablo Dandreta, un joven hincha de Central, tomó la determinación de quitarse la vida, agobiado por la depresión que le produjo el descenso de su equipo.


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Juan Pablo en la cancha de All Boys


Sobran las palabras para tratar de analizar algo de esta magnitud. En definitiva, tampoco puede decirse que se trata de una noticia inesperada. Inclusive, una de las primeras sensaciones de quien esto escribe, ni bien consumado el descenso fue el de imaginarse el escenario de suicidios. Y aquí es donde se hace el primer alto. Sin ánimos de ingresar en un marco sociológico, pero sí con el fin de hacer hincapié en el contexto, es necesario comprender algunas cosas: cuando el mate todavía no tenía agujero (?), un sociólogo llamado Emile Durkheim publicó un estudio sobre el suicidio como motor de una disciplina que recién comenzaba a trazar sus límites y descubrir su legitimidad. En ese estudio, Durkheim hablaba de diferentes tipos de suicidios. Entre ellos estaba el suicidio egoísta, que era aquél que se daba cuando las redes de contención social excedían al ser implicado. Es decir, se aferraban a algo que los mantenía con vida. Para Juan Pablo, eso era Central.


Claro que, para justificar esta oración habría que entrar en otro tipo de suicidio, también señalado por el autor francés: el suicidio anómico, que es el que se da en sociedades cuyas instituciones y cuyos lazos de convivencia se hallan en situación de desintegración. La anomia, según dice Wikipedia haciendo gala de un notable poder de síntesis, es la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr las metas de la sociedad. La mayor presión conducente al desvío se da entre los grupos socioeconómicos más bajos y las conductas desviadas son: el crimen, el suicidio, los desórdenes mentales, el alcoholismo,etc. Se supone que la anomia es un colapso de gobernabilidad por no poder controlar esta emergente situación de alienación experimentada por un individuo o una subcultura, hecho que provoca una situación desorganizada que resulta en un comportamiento no social. Y este es otro punto en donde hay que detenerse: la anomia que ha estado y está gobernando todos los sentidos de pertenencia, vaciándolos de contenidos y mostrando el abismo más allá de un equipo de fútbol.


En este párrafo es donde entrarían las perogrulladas que se estilan en este tipo de casos “que la sociedad está enferma” hasta aquellos que, seguramente presos de la emoción violenta de perder a un amigo, exigen a los dirigentes de Central que carguen con el peso de la decisión del hincha. Que la sociedad está enferma es un secreto a voces, que no se extirpe ese mal de la misma es una responsabilidad que ataña a unos cuantos. Rosario se ha convertido, con el correr de los años, en un conato de violencia incesante, producto de una imagen que siempre se ha querido proyectar hacia el afuera: la imagen de la pasión sin fronteras. De querer hacerle creer a todo el país, a todo el mundo que tanto Central o Newell´s son diferentes al resto. Y lo son, pero a precio de episodios como éste. Que nadie dude de que si la historia hubiese sido al revés (es decir, que descendía Newell´s) hubiese aparecido un suicida rojinegro. El gran problema, el gravísimo problema, es que haya gente que lo único que tenga como estandarte de su vida es un equipo de fútbol. Y eso es porque fueron corriéndolos con el verso desde muy chicos. Y fue un verso que además fue el mismo que se reproduce hoy en día, en boca de todos los comunicadores sociales que no son capaces de reconocer muchos de sus errores. De que fomentar algunas situaciones rayanas a la insanía no hacen más que traspolar las verdaderas necesidades humanas.


La pasión rosarina es, apenas, un dejo de lo que solía ser. Y a la vez, es sacado de contexto para ridiculizarlo por parte de la gran masa futbolera: pasa lejos, es gracioso. Son locos que hay que esconder bajo la alfombra de la doble moral que los enseria cuando la víctima pasa a ser algún salame rentado que usa a los colores de su equipo como escudo. “Así no se puede vivir, no se puede ir a la cancha” se indignan los doña Rosa de traje que, 5 minutos más tarde se van a jugar al fútbol tenis en vivo y en directo. Así, un caso como el de Juan Pablo pasa inadvertido: es sólo una página más en la historia del folklore rosarino. En donde lo trascendental pasa por lo que puede llegar a pasar y por una ciudad que pareciera estar sitiada por los festejos de unos y por los reclamos de otros, en donde el choque se huele en el aire y están todos afilando el cuchillo y el tenedor para ver qué pasa. Tampoco es cuestión de martirizar al occiso: el responsable de su decisión parece estar lejos de tener algo que ver con la política o el fútbol de Central. Es de necios querer cargarles el muerto sin ni siquiera hacer un mínimo ejercicio de autoconciencia. No se trata de defender lo otro, tampoco: parte de su compromiso es hacer a un equipo de fútbol una cuestión de vida o muerte literal.


De nada servirá esto: la incesante locura parece ser irremediable e impide destacar los hechos que son dignos de destacar, cuando la pasión se pone de acuerdo con el raciocinio. Cuando miles de leprosos desafiaron las prácticas dictatoriales de Eduardo López o cuando miles de canallas ahora se dan cuenta de que hay un club detrás de los colores y que, además, ellos son amos y señores de disponer una reestructuración. Visto desde la óptica del folklore parecieran ser hechos aislados, porque lo que se saca a la luz es la cantidad de gente que puede ir a una manifestación y no el motivo. El único ejercicio posible es tratar de entender dónde está el límite y cuántas posibilidades hay antes que elegir la locura. La solemnidad no necesariamente tiene que ver con la poca pasión, y sería un buen ejercicio aceptar que mucho ha tenido que ver aquel que ha desatendido el presente al desempolvar estrellas en blanco y negro como también asumir que la cargada del otro será inevitable. Hace 20 o 30 años, la ignominia suponía no poder sacarse las anteojeras del fútbol, no poder ver más allá. Hacerle honor a las miles de historias de bar que impregnaban a la ciudad de un aura especial, entrañable: la misma que pintó página tras página el Negro Fontanarrosa.


Para los que van a la cancha, la cara de Juan Pablo Dandreta era una de esas que siempre estaban. Tanto de visitante como de local. Una cara que no se va a repetir por esas cosas del folklore. Del puto folklore ridiculizador.

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