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Una tarde de TDI

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Una tarde de TDI Editar

Por Miguel Molina y Vedia

Después de meses de seguir el Torneo del Interior a la distancia, nos dimos el gusto de estrenarnos como espectadores presenciales del certamen más federal del país. Crónica de una tarde calurosa en el barrio Pirola de la capital entrerriana.


peñarol II


La edición 2013 del Torneo del Interior alberga mayores promesas que las anteriores para sus 344 participantes. La reestructuración radical de la divisional inmediatamente superior, el Torneo Argentino “B”, motivó a su vez que a partir de la presente temporada haya 21 ascensos directos desde el TDI, en lugar de las tres plazas (con otras tres potenciales por vía de la promoción) que había hasta el año pasado. De esta manera, aún siendo un campeonato innegablemente arduo, la gloria parece más al alcance de cualquiera. Antes hacía falta superar una fase de grupos y ¡seis! series mano a mano para subir de categoría; desde ahora, alcanzará con imponerse en cuatro instancias de mata-mata una vez completada la primera fase. Además, quiénes tropiecen en el último escalón, se enfrentarán entre sí por siete plazas adicionales en igualdad de condiciones, en lugar de jugarse la última chance con desventaja deportiva en una promoción.


Es preciso hacer algunas salvedades respecto del panorama pintado en el párrafo anterior: por empezar, cabe señalar que, en términos estrictos, en esta temporada habrá menos ascensos que en la anterior, ya que no se cursarán más invitaciones: en 2011 hubo doce y en 2012 la friolera de cuarenta, que llevaron al Argentino “B” a una nómina de cien participantes que ya no se modificaría. Es decir que aumentan las oportunidades para progresar a partir del mérito deportivo y ya no basándose en otras artes indecibles, lo cual desde luego es positivo. De todas maneras, más allá de que rescatemos esta regularización del sistema de ascensos, no quita el hecho de que no es del todo certero afirmar que la movilidad entre categorías aumentará en términos netos. Lo que sí resulta incontrastable es que la llegada de una cantidad creciente de conjuntos del interior a las categorías regulares de AFA, les abre lugares a su vez a otras instituciones aún más ignotas y humildes. Yendo al ejemplo que observamos en vivo el pasado sábado, la Liga Paranaense de Fútbol, que ya tenía a Patronato descollando en la B Nacional y a Atlético Paraná peleándola en el Argentino “B”, sumó a esta última competencia a Belgrano, también conocido como el “Mondonguero”, por medio de una invitación en agosto pasado. De esta manera, el campeonato de la capital entrerriana ofrece cada vez mayores facilidades para llegar al Torneo del Interior: de sus doce participantes, los tres mencionados ya no compiten por acceder al certamen, con lo cual queda disponible el nada desdeñable botín de tres lugares para los nueve conjuntos restantes.


Gracias a este proceso, el humilde Peñarol de Paraná, que albergó el cotejo que tuvimos la suerte de presenciar, llegó al torneo del Interior arañando el cuarto lugar en su liga local. Su realidad contrastaba con la de su rival del sábado: Arsenal de Viale había quedado al borde del ascenso en 2012: no sólo perdió en semifinales, sino que fue incomprensiblemente ignorado en la repartija masiva de invitaciones. Todos los otros clubes que llegaron a la misma instancia que ellos y otros varios que habían sido eliminados mucho antes o ni siquiera habían disputado el TDI les birlaron la plaza. Entre esa flagrante injusticia y la atractiva oferta de ascensos para este año, asistíamos con la expectativa de observar a un candidato importante para llegar al Argentino “B”. El Verde de Viale había refrendado su predominio regional obteniendo la edición 2012 de la liga de Paraná Campaña, en la que participan los equipos de numerosas localidades aledañas a la capital entrerriana, como Hasenkamp, María Grande, Cerrito y Hernandarias, entre otras. La paradoja aparente que presenta la superioridad a priori del conjunto de las afueras no es tal: aunque la ciudad de Viale ronda los diez mil habitantes, y las lealtades allí se dividen entre Arsenal y el Viale Football Club (también clasificado al TDI), se trata de uno de tantos enclaves rurales que atraviesan una etapa de ostensible prosperidad, que les permite a las instituciones de la zona reclutar a algunos de los mejores valores futbolísticos de la zona. En cambio, Peñarol es una entidad entre tantas de una ciudad de Paraná en la que abundan los clubes deportivos, en los cuáles el balompié es sólo una de las muchas disciplinas atléticas que concitan las adhesiones de una población al borde de la vigorexia (?).


sommelier
Actitud 0% TDI


En los días previos comprobamos que el magno acontecimiento (?) del que seríamos testigos no movía el amperímetro de la opinión pública local: la atención mayoritaria se la lleva una nueva edición de la fiesta Nacional del Mate, que trae a la ciudad a figuras como Abel Pintos, Víctor Heredia o Luciano Pereyra, que debió postergar tres días su actuación porque la noche en la que le tocaba cantar originalmente un bruto temporal interrumpió el hasta entonces apacible verano litoraleño. La celebración de la identidad panzaverde (?) ofrecía además eventos bastante bizarros, como un campeonato de cebadores o una cata y degustación de la infusión nacional conducida por una autotitulada “sommelier de yerba mate”.


En lo estrictamente deportivo tampoco se le daba demasiado lugar al cotejo que tendría lugar en el Barrio Pirola: además de las consabidas novedades nacionales e internacionales, los flashes se los llevaban la llegada de César Carignano a Patronato o los avatares de los representativos provinciales de básquet en la Liga Nacional y el TNA. Los compromisos de Atlético Paraná (al que curiosamente aquí lo llaman “Paraná” y no “Atlético”, como sucede en Tucumán, Rafaela y casi todos lados) y Belgrano en el Argentino “B” aparecían en un lugar secundario, pero el Torneo del Interior apenas excedía la extensión de un recuadro. Hasta el Circuito Nacional de Beach Volley obtenía reseñas más extensas.


Peñarol-Arsenal sería entonces nuestra epopeya secreta. No un partido por la insufrible Copa Sudamericana, tampoco una Intercontinental anacrónica en la cual los mirasoles ganarían con la mística y la camiseta aunque alinearan una delantera con Akongo y Guglielmone contra unos Gunners que dispusieran de Bergkamp, Van Persie, Liam Brady y Charlie George en sus mejores épocas (?). Lejos de esas elucubraciones, les dedicaríamos nuestra tarde a Peñarol de Paraná y Arsenal de Viale, mientras otros paladeaban superclásicos, superbowles y supermates (?).


A las cinco de la tarde, la siesta veraniega paranaense está en pleno transcurso, lejos de darse por concluida. Los coletazos de la tormenta de la noche anterior ya son indiscernibles: más allá de alguna brisa apenas esbozada, el clima es sofocante. Las calles están prácticamente desiertas. Hasta llegar a veinte metros de la esquina de la cancha de Peñarol no hay indicio alguno de que esté por celebrarse un espectáculo deportivo en la zona. Recién entonces comenzamos a divisar algunas pequeñas aglomeraciones de paseantes ataviados con los colores del equipo local, que cabe aclararlo, no homenajean a su célebre homónimo montevideano, sino que repiten la distribución de Almagro o Gremio de Porto Alegre. El sol no ha cejado cuando nos acomodamos en la platea, sector que el Peña inaugura orgullosamente en esta ocasión. En rigor de verdad, se trata de un flanco de la habitual tribuna popular separado de ésta por un alambrado y con los números de las ubicaciones pintados a mano sobre los escalones. El modesto escenario no tiene gradas en ninguna de las dos cabeceras. Sólo en uno de los flancos del terreno de juego se yergue una tribuna, aunque a partir de esta tarde parcelada en dos, como recién comentáramos. Sobre el otro costado no hay edificación alguna: los allegados a Arsenal de Viale, cincuenta como mucho, se apiñan de pie contra el tejido perimetral. Detrás de los arcos no hay espacio para los espectadores sino dos paredones decorados con anuncios pintados sobre el revoque. Publicitan diversos comercios de la zona, o incluso albergan manifestaciones celestiales del tipo “Peñarol, campeón 2005, Jesús te ama”.


dino meira
Dino Meira, el inspirador del himno de Peñarol (?)


De los altavoces del estadio asoma una festiva melodía ilustrada por una letra que celebra las virtudes del club local (hemos escrito “altavoces”, y en este caso no se trata de una metáfora: el sistema de sonido consiste en dos speakers propaladores a la vieja usanza). Si quisiéramos ser precisos a la hora de describir el estilo de la canción urge comentar que nos remeda a la música comercial portuguesa, pero como suponemos que la referencia es algo esotérica, intentaremos evocarla como una mezcla de ska, cuarteto y jingle publicitario de la década de 1980. Sobre ese agitado fondo, el vocalista nos invita a sumarnos al sentimiento tricolor, aludiendo a valores como la tradición, el barrio y el sentimiento, sin olvidar la fecha de fundación de Peñarol: “desde el ventiséi estamos junto a vos”; y la omisión voluntaria e impostada de esa “ese” al final del año nos resulta mucho más rebosante de sentido que los previsibles versos. La pista no dura más de dos minutos, pero cada vez que termina vuelve a ser emitida, con lo cual lo que en un primer momento nos pareció glorioso, luego simpático, luego pintoresco, luego idiosincrático, luego entendible, termina por devenir en un suplicio que nos taladra los oídos, ya que la melodía no cesa durante casi media hora. Nos sentimos culpables y algo desagradecidos con la entidad que tan solícitamente nos abriera sus puertas, pero nos calma constatar que hasta los propios jugadores locales están hartos de esa melopea incesante. Mientras pasan al lado nuestro para ir a realizar ejercicios precompetitivos, un futbolista le comenta extrañado a otro “¿che, es siempre lo mismo ésta?”.


El sol todavía pega fuerte. Nadie en la improvisada platea respeta la numeración prevista en las entradas: todos buscan el remanso de la sombra, ya sea que la provea una pared, una bandera colgada en el alambrado o un árbol. La cancha parece haber resistido sobriamente la lluvia de la noche previa: más allá de algún previsible agolpamiento de yuyos, el estado del terreno es más que aceptable. Además, sus dimensiones son considerables, superiores a las de algunas cajas de zapatos que engalanan divisionales bastante más encumbradas del fútbol nacional. La generosidad de la pampa húmeda se verifica en el hecho de que -además del terreno propiamente dicho- hay una extensión adicional de pasto, de casi diez metros de ancho, entre la tribuna local y el cerco perimetral. En ese espacio, varios niños ataviados con diversos distintivos del conjunto local desatenderán las incidencias del encuentro oficial para abocarse enconadamente a su propio picadito.


Algo de esa misma pasión lúdica e infantil que late en los orígenes de nuestra pasión por este hermoso juego reaparece en el precalentamiento de Peñarol, cuándo los integrantes del equipo se prenden en un febril “loco” con una intensidad y alegría que parecen hacerles olvidar que están a punto de afrontar un partido por los puntos. Ese venturoso desborde es interrumpido por el llamado de la ley. Es perentorio firmar la planilla, sin omitir la exhibición de los documentos identificatorios correspondientes: en categorías dónde los protagonistas distan de ser célebres, ha habido más de un caso de suplantamiento de identidad que debió ser castigado disciplinariamente. La escena concreta, sin embargo, dista bastante del imaginario tribunalicio. Un bloque paralelepípedo de concreto, detalle constructivo cuya función original debe haber sido la de apuntalar uno de los muros que dan a la calle, sirve en este caso como mesa improvisada para recoger los autógrafos de los participantes.


Los jueces del cotejo tienen todos nombres que de una u otra manera refieren a su condición de ortibas (?): el árbitro principal se apellida Franco y sus asistentes Gorrino y Vigistian (!). Salen desde un pequeño vestuario, poco más que una casilla, ubicado en una de las esquinas de la cancha. La mansedumbre de la parcialidad local hace parecer innecesario el despliegue de una manga de seguridad, pero aún así de la puerta del camarín de los jueces pende un improvisado cobertizo de plástico negro, del tipo que se usa en las bolsas de consorcio o en la protección de suelos del polvillo durante la ejecución de una obra de albañilería o pintura. El mismo artilugio se vislumbra en la esquina exactamente opuesta, detrás de un par de baños químicos en los cuales los asistentes pueden descargar sus urgencias. A falta de buffet, una mesa sostenida por caballetes ofrece diversos productos al amparo conjunto de un toldo y un frondoso árbol. La amenaza del calor retrasa incluso el ingreso del grueso de la hinchada local, que aguarda en la puerta hasta el preciso momento en el que sus futbolistas pisan el terreno de juego, ya vestidos con su uniforme de trabajo. Comunión cronometrada entre público y jugadores que tendrá un capítulo emocionante y adicional hacia el final de la tarde. Acaso por esa morosidad de la banda de Peña en ocupar su lugar en las graderías, el tradicional recibimiento con papelitos es bastante magro, además de realizarse a destiempo. Sin embargo, a lo largo del cotejo la parcialidad demostrará un empeño en el aliento rayano en la testarudez. Acá no vale la consabida tradición futbolera del abrazo fraterno entre desconocidos: todos se saludan con innegable familiaridad, todos se conocen.


peñarol
Los trabajos de remodelación del estadio, hace apenas un mes


En el mismo tramo de césped que hay entre la tribuna y el alambrado estaciona la ambulancia. La fruición y ansiedad con que se espera el arribo de este móvil es entendible, habida cuenta de que la semana pasada otro modesto club de Paraná, Atlético Palermo, perdió los puntos en su estreno en el TDI por ausencia de médico. En realidad, el conjunto sancionado pagó por muchos pecadores absueltos, ya que la práctica irregular de que el facultativo firme la planilla y se retire del estadio es habitual en todo el país. A los conciudadanos de Peñarol les tocó la mala fortuna de que el árbitro de aquel cotejo se apegara estrictamente a la letra del reglamento, cuándo la mayoría hace la vista gorda.


Recordemos al lector que intenta hacerse una escena mental a partir de nuestro relato que todos estos preparativos se suceden con la marcha machacona del club local como banda sonora, que sólo se interrumpe unos instantes antes del comienzo del juego, para dar lugar a la lectura de las alineaciones. Tanto en esta como en ulteriores intervenciones, el locutor se referirá al torneo en disputa con la denominación extraoficial de “Argentino C” y nunca usará el mote real, Torneo del Interior. Asimismo, aprovechará para difundir el lanzamiento de una rifa organizada por el club, cuyo premio mayor es una motocicleta, vehículo que en la provincia de Entre Ríos forma parte de la canasta básica (?).


Peñarol utiliza una casaca alternativa en la que predomina el celeste, mientras que el negro y el blanco aparecen en rayas horizontales casi imperceptibles. Los visitantes, por su lado, visten indumentaria blanca con vivos verdes. Ninguno de los contendientes traslada entonces a los colores el homenaje de su nombre a otros clubes. Hambrientos por algo de buen fútbol, prestamos atención de manera instintiva a los valores que visten las sendas casacas número diez. Ariel Schvaigert en el local y Milton Schonfeld en los de Paraná Campaña contradicen el mito de los talentosos surgidos como yuyos del humus de nuestra tierra amerindia y rescatan en cambio el aporte creativo de los gauchos judíos y/o alemanes (?).


La difusión global de ciertas modas tácticas se verifica en el hecho de que ambos conjuntos proponen una línea de tres en el fondo. Con los stoppers como habitual salida en lugar de los marcadores de punta, los revoleos sin destino son una desventura recurrente. En los rostros y la disposición corporal de los perpetradores pueden distinguirse sin embargo dos modos bien distintos de relacionarse con el fenómeno. Mientras algunos demuestran una perversa satisfacción, otros revelan una mueca de disgusto, como si dijeran para sus adentros “yo quería otra cosa para mi vida”. A pesar de este efecto colateral del esquema 3-4-1-2, hay consecuencias encomiables del planteo de los contendientes. Arsenal demuestra la jerarquía que lo llevó al borde del ascenso en 2012. Sus movimientos son aceitados, casi de relojería. Con toda naturalidad realizan los relevos, los desmarques y las triangulaciones. La pelota fluye casi siempre a dos toques, lo cual en esta divisional es como decir a un toque (?).


ermacora
El poder secreto de la línea de tres (?)


En el caso del Tricolor del Barrio Pirola, el desdoblamiento ofensivo de sus laterales volantes le permite una ocupación bastante ancha del campo rival, a pesar de las ostensibles limitaciones técnicas de su plantel. La búsqueda de las bandas suele terminar inexorablemente con el regreso del útil hacia el medio, en forma de centro a la olla. No puede hacer demasiado con ellos un simpático petiso retacón, el centrodelantero Guillermo Cabeza, el auténtico Negro Cabeza (?). En los ejercicios previos parecía habilidoso pero en el partido no logra destacarse. De los atareados carrileros de Peñarol nos llama la atención el que ocupa el extremo derecho, Juan Ermácora, no por sus cualidades, que omiten por igual la distinción y el oprobio, sino por su colita de rastas rubios, y por su nombre, casi un tocayo de Juan Carlos Ermácora, un mentalista que solía publicitar sus habilidades paranormales en el canal América. En los albores de la Internet, aquel personaje había tramitado su sitio web en un hosting alemán para aprovecharse de la homonimia entre el dominio “.de” y la preposición posesiva más usada en nuestro idioma. www.pagina.de/ermacora era la dirección, hoy extinta, donde narraba sus milagros.


La principal falencia del esquema propuesto por el local se ve en la faz defensiva. Ya sea por una buena lectura de su entrenador o la viveza del propio jugador, Schonfeld se hace un festín a las espaldas de los laterales volantes. Lejos del estereotipo del enlace estacado en las inmediaciones del círculo central, el armador de Arsenal de Viale se hamaca de derecha a izquierda aprovechando los huecos que dejan Ermácora y el carrilero izquierdo, Silvestre Taborda. Da gusto poder ver en vivo y a pocos metros, pegados al alambre, la prestancia con la que el hábil futbolista espera con los ojos abiertos de par en par una pelota áerea y la “pincha” con un sutil toque de su botín. Sus pinceladas de talento son una constante amenaza para la defensa local. A los agoreros que profetizan la muerte del enganche, los desdeñaremos como a aquelos que vaticinan que el rock ha muerto. Acaso no haya espacio ya para la grandilocuencia de un Zeppelin, un Queen o un Grand Funk Railroad (?), pero en los pliegues del under siempre habrá lugar para que alguien, aún sin el mismo preciosismo ni proyección global, haga renacer el espírítu del puesto, a pura pisada, freno y gambeta.


Menos suerte tiene su equivalente en Peñarol. Schvaigert, de contextura más menuda, parece sobrepasado por la exigencia de su función. Su propio apodo, “Mascota”, que es vociferado con los hinchas con un cariño que va mutando en impaciencia, describe no sin cierta crueldad su liviandad no sólo física sino también temperamental. Sin embargo, cabe reconocerle que lo que no puede aportar en generación de peligro, Schvaigert lo devuelve desdoblándose en la marca. Curiosamente, sus esfuerzos para anular a Schonfeld son más fructíferos que los de stoppers y mediocampistas, como si pudiese penetrar por empatía en la mente de su oponente con más facilidad que sus bastos compañeros. No es casual que el otro futbolista que consigue entorpecer el andar virtuoso del armador visitante sea a su vez el mejor jugador del local, su volante central Laureano Ramírez. Se trata de un cinco de buen manejo y pegada aceptable, aunque parece tener un concepto demasiado elevado de la misma. Con frecuencia busca habilitar a sus compañeros con pases de una altísima dificultad de ejecución, que sólo en algunos casos llegan a destino. Intenta, por ejemplo, asistencias de treinta metros con cara externa y con un marcador rival complicándole el movimiento. Aún con esas intermitencias, es quien maneja los hilos del juego del Tricolor. El 3-4-1-2 propuesto por el técnico local presupone que Ramírez comparte el medio con el otro cinco, pero en la práctica su colega Maximiliano Goró (acaso un pariente lejano de cierta pluma avezada de esta página) siempre parece estar donde la jugada no lo reclama, al mejor estilo Somoza. Sin embargo, Ramírez parece sentirse bien en ese plan, fungiendo como amo y señor del mediocampo. Simplemente queda la duda de si no sería más efectivo colocar ese jugador restante en algún otro sector de la cancha.


schonfeld y ramírez
Schonfeld y Ramírez, los mejores de cada equipo


Tras unos primeros minutos en los cuales Peñarol contrarresta su inferioridad futbolística con el empuje propio de la localía, la jerarquía de los de Paraná Campaña comienza a ganar la pulseada. Cada vez se nota más la diferencia entre un equipo que está feliz con solo disputar este torneo y otro que aspira sin miramientos al ascenso. Al buen funcionamiento general de Arsenal y el toque de distinción que aporta Schonfeld, se suma la incisividad de su carrilero izquierdo Diego Martínez. Se trata de uno de esos peculiares ejemplares esqueléticos y encorvados, casi contrahechos. Es de esa clase de jugadores que con suficiente espacio para hacer valer su tranco parecen los más veloces del planeta, pero que confinados a una zona angosta y sin tiempo para arrancar adolecen de una lentitud de tortuga. Sin embargo, como los mejores exponentes de ese physique du role (nos viene el Flaco Boyero a la mente), confinados en la jaula de los recorridos estrechos les aflora una heterodoxa habilidad, tan poco vistosa como suficiente para desairar a más de un marcador desprevenido. Los únicos que no logran sintonizar con el eficiente circuito de juego de la visita son sus dos delanteros, Fabricio Omarini y Kevin López. Aunque, justo es reconocerlo, ambos tendrán participación destacada en las conquistas de su equipo.


Nuestra plácida estancia junto al alambrado perimetral es periódicamente sobresaltada por un discreto empellón por la espalda y a la altura de las costillas. Se trata de los niños que juegan su picado paralelo en el espacio entre las graderías y la cancha, que han lanzado el balón de la platea a la popular o viceversa y buscan recuperarlo a través de un hueco en el tejido. Mientras tanto, un grupo copioso de mujeres, con edades que oscilan entre los cinco y los sesenta, observan el partido reunidas al pie de uno de los dos postes de iluminación con que cuenta el estadio. Oscilan entre los comentarios futboleros y el sabroso cotilleo. En el centro de la tribuna, el grupo más fervoroso de hinchas no ceja su aliento ni por un instante. Cada nueva canción emerge antes de que la anterior se desdibuje: la música del hormigón es incesante. Hay hasta un paraavalanchas, que cumple una función principalmente estética, sobre el cual cuatro o cinco muchachones hacen precario equilibrio. El contingente de la barra bordea la cincuentena, el resto son viejos de mierda que no quieren gritar (?). De hecho, en algún momento se oye el entrañable “Peña va a salir campeón (x2), el día que cantemos todos, la reputamadre que lo reparió”. Siguiendo con los fríos números, en los sectores destinados al local habrá entre 300 y 400 personas, a las que se deben sumar el medio centenar de hinchas visitantes y alrededor de una decena de personas, ataviadas con los colores de Peñarol, que espía las incidencias del match desde el estacionamiento de un hipermercado aledaño.


La arenga permanente de la torcida resulta insuficiente para contener la avanzada de Arsenal. En uno de esos aceitados movimientos que describíamos previamente, el Verde de Viale consigue la ventaja. Martínez encara por izquierda antes de lanzar el balón a las inmediaciones de la medialuna, la empanada del área (?). Allí recibe de espaldas Kevin López, que pivotea con precisión trezeguetiana (?) hacia su compañero Omarini. Éste, en su mejor intervención de la tarde, pone un preciso pase entre líneas que deja a Schonfeld mano a mano con el guardavalla local. Otra vez más, el enlace demuestra su categoría omitiendo el remate directo, de destino incierto y opta por ceder hacia el centro para López, que queda ante el arco vacío, sin mayores obstáculos para abrir el marcador. Sobre media hora de juego, gana la visita con total justicia.


milton schonfeld
Schonfeld, un crack del indie: él gambeteó a un stopper centralizado (?)


Ni así escarmienta la banda de Peña, que sigue cantando sin detenerse un segundo, incólume ante las novedades que vienen desde el césped. Recién alrededor de los cuarenta minutos, hay un instante de vacilación, en el que los cánticos se deshilachan, para recuperar su volumen habitual unos instantes después. Casualmente, en ese momento llega el inmerecido empate. El esquema de tres defensores, que tantos dolores de cabeza le había traído en defensa al Tricolor, termina garpando dividendos en materia ofensiva, ya que sus dos laterales volantes fueron claves en la jugada: Ermácora desborda por derecha y Taborda termina empujándola por izquierda, luego de que el centro original del carrilero diestro es conectado por Cabeza y rechazado por el arquero.


El 1-1 con el que se cierra la etapa inicial deja satisfecha a la parcialidad local, cuyas manifestaciones son de todos modos ahogadas inmediatamente por la reaparición indeseada del ska-cuarteto-jingle del club, que vuelve a quemarnos la cabeza. Felizmente, promediando el descanso, el encargado del sonido se apiada de nosotros y suspende el repeat infernal para dar lugar a un enganchado de éxitos de Los Palmeras. El ritmo de la cumbia santafesina es un solaz para nuestros oídos. Nos deleitan particularmente una reversión del Cuarteto Imperial, y los compases de Yolanda, no la balada psicobolche en la que Pablo Milanés le declaró amor eterno a una mujer que lo dejó cuando cayó gravemente enfermo, sino la cumbia neuromenche (?) que habla de un amor aún no concretado.


La cadencia hipnótica del acordeón es abruptamente interrumpida por el regreso de los protagonistas al terreno de juego. Insólitamente, el entretiempo dura sólo catorce minutos (!). Esta eventualidad agarra desprevenida a la parcialidad local, que regresa de los baños y el improvisado dispendio de víveres con el cotejo iniciado. Acaso por este desajuste, los cánticos de la barra no tendrán en el complemento la persistencia fanática de la primera parte. Sin embargo, esta deriva no va en desmedro de la hinchada. Por el contrario, le da un condimento más humano, ya que la exhibe más permeable a las incidencias del partido: hay silencios cuándo el rival convierte o genera peligro, impaciencia cuándo las jugadas no salen, excitación en los córners a favor, y hasta individuos que se apersonan hasta el alambre para insultar a los contrarios. “Campesino, hijo de puta” se oye previsiblemente de uno de estos personajes. “Cara é verga”, grita otro más allá. En ningún caso los improperios resultan demasiado convincentes. Parecen más un intento chapucero de hacer pesar la localía que una genuina demostración de violencia. De todos modos, algunos niños abandonan su picado paralelo y se suman al coro de injuriantes, entusiasmados por el salvoconducto temporario para proferir malas palabras.


En cambio, aunque sólo los diferencie de la plebe (?) un rectángulo numerado pintado en el suelo, los ocupantes de la zona preferencial demuestran su ferviente adhesión a la idiosincrasia del plateísta argentino. Entre murmullos exigen un juego atildado a sus humildes valores, pero al mismo tiempo manifiestan su máxima intolerancia con los futbolistas más talentosos de su cuadro cuándo las cosas no les salen. Es cierto que Laureano Ramírez parece cada vez más empecinado en acertar pases dificilísimos que terminan fuera de la cancha o en los pies de los rivales. La barra local comienza a pedir furiosamente a un tal “Chino”, con el inequívoco reclamo de “ponelo al Chino, la puta que lo parió”.


banda
La banda de Peña, en alguna tarde más convocante


Mientras tanto, Arsenal de Viale parece dejar de lado su evidente superioridad potencial y comienza a enamorarse de la idea del puntito de visitante. Sus defensores ya no tienen la paciencia para buscar a Schonfeld, que luce algo cansado, y se emperran en el pelotazo de destino incierto. El colmo llega cuándo sus futbolistas estiran sus estancias en el suelo para demorar las acciones. Nos cuesta creerlo, pero ese mismo conjunto que se pavoneaba en la primera mitad, ahora está haciendo tiempo para garantizar el empate. Acaso motivado por esta defección de su rival, Peñarol intenta tomar las riendas del juego, ya sin demasiados argumentos. El esperado ingreso del “Chino” inflama las pasiones populares. Más allá de que luego del partido, gracias a la prensa local y el poder inescrupuloso de la Internet (?) nos enteraremos de su nombre completo, le hacemos honor a nuestra sensación presencial, durante la cual el mediapunta era apenas “El Chino”. La voz del estadio no anuncia en ningún momento la nómina del banco de suplentes ni los cambios como para que podamos identificarlo de otra manera que no sea por su apodo.


Hay que reconocer que el susodicho Chino tiene porte de buen jugador. Es de esos jugadores cuya postura enhiesta los hace parecer más altos de lo que son, con movimientos lentos y armónicos. Para comparar su estilo con el de algún futbolista de renombre podríamos pensar en Lucho González, o para ser menos delirantes, en Gustavo Bou. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, el popular ingresado no termina una sola jugada bien. El Chino la pide constantemente, se tira atrás, intenta gambetear, se hace cargo de los tiros libres, pero no llega a concretar demasiado. La fidelidad de su parcialidad es inconmovible, sin embargo. Los mismos pifies que enturbian el humor colectivo cuándo los cometen Ramírez o Schvaigert, son motivo de aplauso cuándo los protagoniza el ídolo.


En el conjunto visitante se produce un ingreso más silencioso pero que da frutos inmediatos. Leandro Figueroa, un ágil volante externo, oxigena el medio y asusta con sus corridas, en el marco de la nueva tesitura de Arsenal de esperar de contra. Él y el longuilíneo Martínez, que ajeno al bajón de Schonfeld y compañía, mantiene su nivel del comienzo, son las principales armas del Verde de Viale. Los de la capital entrerriana predominan en la posesión de la pelota pero no tienen demasiados fundamentos para aprovecharlo. Su rival espera agazapado, hasta que en una fulminante réplica encuentra pésimamente parada a la defensa de Peñarol. Figueroa rompe la modorra con una de sus insidiosas internadas (modo Pc Fútbol off) y sin demasiada oposición lo deja sólo a Kevin López frente al arquero Correa. La primera definición del centrodelantero es defectuosa, pero el guardavalla da rebote y en el segundo intento López concreta su doppieta.


Queda por jugarse alrededor de un cuarto de hora y da la impresión de que la visita se llevará los tres puntos sin hacer demasiado en el complemento, por mero peso específico. De hecho, en los momentos subsiguientes a la conquista de su equipo, Arsenal se envalentona. Schonfeld, cuyo nivel como dijimos había mermado en esa segunda mitad, recobra nuevos bríos y vuelve hacerse eje del juego, con pisadas, chiches y gambetas. Una apilada fenomenal por izquierda del enganche casi culmina en el tercer tanto que hubiera liquidado el trámite, pero su centro atrás no es medio gol ni gol entero: su compañero no alcanza a empujar el envío.


el chino
El porte inconfundible del “Chino”, llevando la pelota en un entrenamiento


No obstante, pasados unos minutos de este dominio, a los de Viale los vuelve a tentar la falacia de “cerrar el partido” de manera “inteligente”. Ceden campo y pelota a un Peñarol que ya no parecía capaz de recuperarlos por mera decisión propia. Los embates del Tricolor son desprolijos pero reaniman los cantos de la tribuna local. En el segundo minuto de descuento, llueve el enésimo córner al área visitante. Lescano, defensor central de Peña desdoblado en ataque, cabecea sin demasiada pimienta hacia la meta. Parece una masita para el seguro Lucas Rodríguez, pero en ese momento arremete el amado “Chino”, que en off-side y cometiendo una flagrante carga sobre el arquero, consigue llegar antes a la pelota y cabecear al fondo de las mallas. Hay protestas, pero las ahoga el sonoro y enloquecido grito de gol de la hinchada, conmovida por la agónica consagración de su figura predilecta. Con la soberbia de los grandes, el Chino sonríe de oreja a oreja en su festejo y se señala el número 15 de su casaca con ambos pulgares. Tal vez queriendo decir que es la niña bonita de Peñarol (?).


Nuestra excursión por el ascenso lisérgico del interior ha tenido pues un cierre emocionante, a la altura de nuestras expectativas. En los minutos restantes, Arsenal intenta recuperar su protagonismo para volver a ponerse en ventaja, pero sus esfuerzos resultan inútiles. El conjunto más aventajado de los dos paga cara su racanería. Quizás esa misma diferencia de aspiraciones que señalábamos más arriba terminó jugándoles en contra. La urgencia por conseguir el objetivo postergado del ascenso terminó estropeando el buen plan de juego de los de Paraná Campaña. De hecho, un balance global del cotejo nos obliga a reconocer que el empate fue justo, más allá de que se pueda reconocer una considerable diferencia de jerarquía entre ambos planteles.


La voz del estadio informa el resultado del otro partido de la zona 57, otro 2-2 entre Atlético Hasenkamp y Sportivo Urquiza de Paraná. La noticia es festejada casi como un gol por la hinchada local, ya que de esa manera los cuatro integrantes del grupo marchan igualados con dos unidades (todos empates) y siguen intactas las chances de progresar a las fases eliminatorias. En ningún momento el locutor aclara que se trata de un guarismo parcial. Más tarde nos enteraremos de que Hasenkamp ganó 3-2, lo cual relativiza el valor del empate agónico. Sin embargo, conociendo la mentalidad promedio del futbolero argentino, suponemos que la novedad tendrá sus adeptos en las filas tricolores, dado que Urquiza es el clásico rival de Peñarol, con su cancha situada en el barrio aledaño de La Floresta, y ha quedado aún más complicado en la tabla.


Esas conjeturas vendrán más tarde. De momento, el “Chino” se retira ovacionado. La peculiar historia de su jornada consagratoria confirma que el fútbol puede renovar sus credenciales de religión pagana aún ante tribunas semivacías y materiales de rezago. La discepoliana mezcla de biblias y calefones es reafirmada por uno de los avisos dispuestos detrás de un arco: “Ferretería Novalis”. Si el vate del romanticismo alemán hubiera conocido la atmósfera acaramelada del crepúsculo paranaense, jamás hubiera podido erigir a la noche en símbolo poético de la muerte y lo desconocido.


novalis
Mirando oblicuamente, como un buen crítico literario (?), se ve el aviso de Ferretería Novalis


Post-data: Al consultar los reportes de prensa acerca del partido comprobamos con sorpresa que el “Chino” comparte su primer apellido con el autor de estas líneas y hasta tiene el mismo nombre de pila que su padre. Nuestro héroe anónimo se llamaba pues Juan Molina. Para seguir con el jueguito de las homonimias boludas (?), también era ese el nombre de uno de los irreverentes jóvenes que mojó sus patas en la fuente un 17 de octubre de 1945. El subsuelo sublevado de la patria sigue dando que hablar, aunque la oligarquía (?) clame denunciando posición adelantada o carga al arquero.

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